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(Escribe prof. Alejandro Carreño T ) A algunos lectores, sobre todo amantes del cine, el título de la columna puede resultarles algo familiar, y recuerden el clásico de 1934 El enemigo público número uno, galardonado con el Oscar al mejor guion original, dirigido por W. S. Van Dyke y George Cukorpor, y protagonizado por Clark Gable como el malo de la película, un gánster. Pero en esta columna no hablaremos de esta película ni de ninguna otra, aunque el título sea el mismo, sino de otro personaje que también será recordado por sus acciones que lo consagran como peligro público número uno.
Donald Trump no es actor, pero si lo fuera, sería el malo de la película, tipo gánster, en la onda Clark Gable 2026. Su ADN es la del perro del hortelano adaptado, porque él sí que come y disfruta de la vida, a su manera, jodiendo a los demás, que viven con el credo en la boca por sus constantes amenazas y tropelías. Su megalomanía y su complejo de superhombre con nombre bombástico y ridículo, Donroe, han hecho de él una figura deplorable. Patético, en su condición de penoso y lamentable. Un personaje que no está bien ni con dios ni con el diablo. Ni con la prensa.
A los columnistas nos preocupa la actitud beligerante del presidente Trump con diversos medios. Me imagino que al público también le preocupa, pues los medios son el puente que enlaza la sociedad con el gobierno, cualquiera que este sea. El viernes 18 recién pasado, declaró que CNN, MSNOW y Politico, no podrían acceder a la Casa Blanca porque su cobertura no apoyaba su administración. Es decir, todo un patrón de fundo con el que hay que solidarizar “sí o sí”.
Pero la prensa no está, o no debiera estarlo, para ser servil a una causa ideológica. Así lo entienden, por lo menos, algunos representantes de la Justicia, como acaba de ocurrir ahora con la medida cautelar emitida por el juez federal Timothy J. Kelly el 24 de septiembre pasado, que revierte la imposición de Donald Trump y lo obliga a recibir a los medios censurados por él en la Casa Blanca. El caso de CNN es el más emblemático, pues integra un grupo de cinco redes de televisión que se turnan para acompañar al presidente, lo que hace más valiosa la intervención del juez Kelly.
Pero las difíciles relaciones del “enemigo público número uno” con la prensa no son nuevas. En febrero de 2025 se enojó con AP porque la agencia se negó al cambio de nombre del Golfo de México por Golfo de América, que el destemplado presidente, mediante una orden ejecutiva del 20 de enero de ese año, impuso a las agencias federales de los Estados Unidos. El castigo significó la prohibición de AP al Despacho Oval, al avión presidencial Air Force One y a otros eventos con acceso reducido a los medios.
El censurado medio presentó una demanda judicial por esa medida que aun está en proceso. Y suma y sigue: en este segundo mandato, Donald Trump ha demandado a varios otros medios de prensa, entre ellos The New York Times, The Wall Street Journal y la BBC. Es decir, la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense que protege, justamente, la libertad de prensa, es vulnerada permanentemente por un presidente que ignora el sentido de la palabra democracia, que, supuestamente, es el sistema modelo por el que se rige su país.
Es lamentable que el presidente de la mayor potencia del mundo, sea un personaje alejado del espíritu democrático que debiera imperar en las relaciones, no solo con la prensa, sino también diplomáticas. Donald Trump se complace con su agresividad, con su vulgaridad, con su megalomanía, con su fatua representación de Donroe siglo XXI.
Es, por lejos, el enemigo público número uno.
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