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Quiero comenzar realizando un saludo que considero merece nuestro reconocimiento.
Quiero felicitar al escultor mercedario Pedro “Davo” Lapido, por haber obtenido recientemente el Primer Premio Internacional en un encuentro de escultores realizado en Santa Fe, Argentina. Es una alegría que un artista de nuestro departamento siga llevando su trabajo más allá de nuestras fronteras y, al mismo tiempo, dejando su huella en distintas localidades de Soriano.
A Pedro, nuestras felicitaciones y el deseo de que continúe cosechando éxitos
Que mis palabras lleguen al Sr Pedro Lapido
Continuando con mi exposición
Hoy quiero hacer una reflexión sobre algo que, sinceramente, creo que nos debería preocupar a todos quienes tenemos la responsabilidad de ocupar una banca. En política escuchamos permanentemente hablar de transparencia, honestidad, ética, austeridad y defensa de la ciudadanía. Y qué bueno que así sea. Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que pronunciamos esas palabras: ¿Estamos hablando de principios que realmente practicamos o simplemente de argumentos que utilizamos cuando nos conviene? Porque es muy sencillo hablar de honestidad cuando estamos señalando al adversario. Es sencillo reclamar transparencia cuando estamos mirando las cuentas del otro. Es sencillo hablar de austeridad cuando criticamos lo que gasta otro. Y es muy sencillo presentarnos ante una cámara como los grandes defensores de la moral pública. Lo verdaderamente difícil es aplicar esa misma vara sobre nosotros mismos. Porque la transparencia no puede ser solamente la que exigimos. También tiene que ser la que estamos dispuestos a ofrecer. La ética no puede ser selectiva. No puede funcionar para el adversario y dejar de funcionar cuando se trata de un compañero, de un amigo o de nosotros mismos. Y mucho menos podemos pretender dar lecciones de conducta pública mientras nuestra propia trayectoria deja preguntas sin responder. Creo que quienes estamos en política debemos entender algo muy básico: no somos mejores personas porque tengamos una banca. Tampoco somos más honestos porque salgamos más veces en los medios. Y levantar más la voz no convierte automáticamente un argumento en verdadero. La ciudadanía observa. Observa cuando alguien reclama responsabilidad y después no se comporta responsablemente. Observa cuando se habla de ética y después sus actos demuestran lo contrario. Observa cuando se reclama el cumplimiento de las obligaciones a los demás, mientras las propias quedan olvidadas. Y también observa cuando faltan argumentos y se utilizan situaciones para atacar políticamente y se repiten mentiras para que terminen creyendo que es verdad. Eso, señores, no es política. Eso es otra cosa. Y creo que deberíamos tener la grandeza de reconocerlo. Podemos cuestionar una gestión, un proyecto o una decisión. Para eso estamos acá. Pero hablar de honestidad, ética, transparencia cuando con nuestro ejemplo estamos mostrando lo contrario, no señores. Por eso creo que antes de señalar, antes de acusar y antes de hablar de honestidad, deberíamos mirarnos, revisar nuestra propia conducta y ver si nuestras acciones resisten exactamente la misma lupa con la que pretendemos mirar a los demás. La política no se mide por la cantidad de declaraciones que hacemos, ni por cuántas veces aparecemos en los medios, ni por cuántos discursos damos sobre la transparencia. Se mide por lo que hacemos cuando nadie está mirando. Los micrófonos se apagan. Las cámaras se van. Las redes sociales dejan atrás una publicación y pasan a la siguiente. Pero nuestros actos permanecen. Y quizás la ciudadanía no necesite políticos que se presenten como perfectos. Necesite algo mucho más sencillo: políticos coherentes. Nadie tiene derecho a presentarse como ejemplo de honestidad si no está dispuesto a que su propia conducta sea examinada con la misma vara que utiliza para juzgar a los demás. Y si alguna vez queremos recuperar plenamente la confianza de la gente en la política, tal vez tengamos que empezar por dejar de predicar tanto y empezar a dar un poco más de ejemplo.
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