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(escribe prof. Alejandro Carreño T. ) Todos tienen en su ADN político y militar la marca repugnante del engaño y la mentira. Son Hipócrates y retorcidos en sus relaciones diplomáticas. Apuñalan por la espalda cuando antes han hablado de amistad, de buena vecindad, de solidaridad, de respeto por los tratados. Son fingidos y, por lo mismo, peligrosos.
Los chilenos sabemos cómo son, aunque nuestras autoridades se muestran reticentes a decírselos en su cara. O son, como dije, “ingenuos o idiotas”, o ambas cosas a la vez. Por décadas, Argentina le ha mentido a Chile, a sus autoridades. Han desconocido tratados de paz, de amistad o de lo que sean, y lo han declarado sin empachos, con la consabida irreverencia y fantochería que los ha hecho penosamente famosos en el mundo. Los ejemplos podrían armar un libro, pero solo mencionaré algunos para justificar el comienzo de mi columna.
El 2 de mayo de 1977 se conoce el Laudo Arbitral del Reino Unido que pondría fin al llamado “Conflicto Beagle”, que otorga a Chile el dominio de varias islas e islotes, entre ellas Picton, Nueva y Lennox, ubicadas en el extremo Austral, al sur del canal Beagle. El compromiso de Arbitraje había sido firmado por los presidentes de Chile, Salvador Allende y de Argentina, Agustín Lanusse, el 22 de julio de 1971. Pero, adivinen qué pasó. Adivinó: el gobierno argentino declaró el fallo “insubsanablemente nulo”, y ordenó que sus tropas se movilizasen hacia la zona de conflicto.
El arbitraje de la Corona Británica había sido aceptado mucho antes, en 1902, en el Tratado General de Arbitraje, que falló a favor de Chile respecto de la soberanía sobre las mencionadas islas. La guerra no se desató por la intervención del Papa Juan Pablo II y, en 1984 se firma el Tratado de Paz y Amistad, en el que Argentina reconoce la soberanía de Chile sobre toda esa zona. Pero este tratado ha sido ultrajado por declaraciones recientes de militares y ministros argentinos, al atribuirse soberanía sobre el Estrecho de Magallanes.
Es decir, cada cierto tiempo, cada vez más cortos, Argentina muestra su lado más retorcido, para luego ofrecer estultas explicaciones en las que brillan la hipocresía y el discurso malicioso de su histórico proceder. El año 2024 la Armada Argentina instaló en territorio chileno (Tierra del Fuego) paneles solares (infraestructura militar) en el Hito 1. ¿Qué dijo el gobierno argentino? Fue un “error involuntario” de la empresa encargada de instalarlos. Pero volvamos al conflicto de hoy y que tiene que ver con el Estrecho de Magallanes.
El brigadier Gustavo Javier Valverde declaró el 23 de agosto pasado que el Estrecho de Magallanes es argentino: “Lo otro que tenemos muy importante, como dijeron ustedes, Magallanes, al Sur de Drake. Todo eso es soberanía. Hay que mantener ahí, hay que hacer presencia porque eso es una llave bioceánica, Atlántico-Pacífico, y como te digo, eso te puede alertar un montón de cosas”, ignorando olímpicamente el Tratado de Paz y Amistad de 1984 y el Tratado de 1881. O sea, el alto militar hablando de invasión.
Como siempre, vinieron las disculpas que el gobierno de Chile, como ha sido históricamente, incomprensiblemente acepta una y otra vez sin más. Argentina nos ve las canillas y aquí no ha pasado nada. El 5 de septiembre pasado, el canciller argentino Pablo Quirno declaró que “Argentina es un país bicontinental y bioceánico”. Se disculpó diciendo que se refería a fortalecer la presencia argentina en el Atlántico Sur y la proyección hacia la Antártica (otro tema que le dará nuevos dolores de cabeza a Chile).
Y agregó: “Nuestra posición es clara: trabajar siempre de buena fe, honrar la palabra empeñada y cumplir plenamente los tratados y acuerdos vigentes. Es una política inequívoca del presidente Milei”. Pero el presidente Milei no ha firmado el documento que anula el Decreto 457/2021, firmado por el expresidente Alberto Fernández que se refiere al Estrecho de Magallanes como un “espacio compartido” y alude a un “control conjunto”. Confiar en las autoridades argentinas es lo mismo que creer en el Viejito Pascuero (Papa Noel).
Pero las declaraciones retorcidas y las disculpas estúpidas no terminan aquí. La exministra de Seguridad Pública de Argentina y actual senadora, Patricia Bullrich declaró a radio Mitre: “El concepto de soberanía no es quien tiene un título de propiedad, es como estamos puestos en los lugares que nuestro país tiene que defenderse: en la frontera norte contra la droga, en la frontera sur en lo que es la lucha por la recuperación de las Malvinas y el control del Atlántico Sur, del Estrecho de Magallanes, de la llegada a la Antártica”.
¿Y cómo se disculpó? Fácil: se confundió de nombre: “El canal al que quise hacer referencia es el canal de Beagle y nunca el Estrecho de Magallanes que pertenece en su totalidad a la hermana República de Chile”. Se confundió de nombre la señora. Es lo mismo que confundir a un político o un militar fanfarrón con ADN expansionista con un político o militar serio, que respeta los tratados internacionales y no se confunde con ello y que, por lo mismo, no necesita dar necias y falsas disculpas.
Razón tiene el líder del Partido Nacional Libertario, Johannes Kaiser cuando afirma: “Se hace insostenible mantener relaciones normales con Argentina en vista de estas provocaciones”. Efectivamente, es muy difícil mantener con Argentina relaciones normales, puesto que su postura permanente no es la de un país amigo, ni menos hermano. Por el contrario, se complace en mostrar sus garras y sus fauces que son, en realidad, su verdadera naturaleza.
No, Argentina no es confiable.
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