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(escribe prof. Alejandro Carreño T. ) De los malos recuerdos nace lo feo, eso que fue hace tanto tiempo, pero que se ha mantenido con su olor nauseabundo que ha contaminado a lo que hoy es la ultraizquierda, reforzada en sus principios antidemocráticos a partir del estallido delincuencial del 18 de octubre de 2019, cuando Chile cedió a lumpen y permitió ser quemado, saqueado y robado.
Los malos recuerdos del 4 de septiembre se remontan a 1970, cuando Salvador Allende Gossens gana la primera mayoría relativa en esas elecciones presidenciales con el 36,2 % de los votos. El segundo candidato posicionado, Jorge Alessandri Rodríguez obtuvo el 34,9 %. En consecuencia, La Moneda estaba en manos del Congreso, que debería escoger entre las dos primeras mayorías, puesto que el concepto “balotaje” o “segunda vuelta” no existía en Chile. Se impuso la tradición y el Congreso optó por la primera mayoría.
Pero antes, y esto es muy relevante que se sepa, hizo firmar un documento a Salvador Allende en el que se comprometía a respetar la Constitución Política y las leyes. Su nombre: “Estatuto de Garantías Democráticas” o “Estatuto de Garantías Constitucionales”. Todo dependía del Partido Demócrata Cristiano, PDC, (por tener mayoría absoluta), en cuyas manos estaba el destino de Allende. El PDC, por un lado, no quería romper con la tradición institucional que reconocía la primera mayoría; de otro, tampoco quería que Allende hiciese de su gobierno una dictadura.
Exigir la firma de este documento es una prueba evidente de la desconfianza que generaba la persona de Salvador Allende; las dudas de su real espíritu democrático, como a poco andar quedó demostrado. Allende firmó este documento en octubre de ese año y el Congreso Pleno lo ratificó como presidente de Chile el 24 de octubre. Hoy, la Democracia Cristiana, convertido en un partido insignificante y en franca descomposición, me imagino que, 56 años después, en algún momento habrá revisado su conciencia histórica y sentirá, por lo menos, algún tipo de malestar.
Salvador Allende no respetó ninguno de los términos del “Estatuto de Garantías Democráticas”. Las anomalías de su gobierno, su absoluta falta de compromiso con la institucionalidad que no solo juró respetar al asumir la presidencia, sino que había comprometido antes su honor, al firmar “El estatuto de Garantías Constitucionales”, llevó al país al desfiladero político, moral y económico y provocó el golpe de Estado de Pinochet. El mismo Congreso lo había declarado un gobierno inconstitucional. Fueron años duros para Chile que comenzaron ese 4 de septiembre de 1970. Años feos.
Por eso resulta, por lo menos curioso, que el Partido Socialista al que pertenecía Allende, haya declarado: “El 4 de septiembre no fue solo una fecha electoral, fue la expresión de un pueblo que soñó con un Chile más justo, más digno y más nuestro. Hoy ese legado sigue vivo en cada socialista que continúa la tarea de construir un país con más democracia, más derechos, más justicia social”. Después de 56 años de ese fatídico 4 de septiembre, Chile se pregunta por el “legado” de Salvador Allende y su “espíritu democrático” que tanto vocifera su partido. Además, recordarle que solo algo más de un tercio de los chilenos fueron los soñadores.
Pero la Historia nos dio la revancha y el 4 de septiembre de 2022, en pleno gobierno del mediocre presidente Gabriel Boric, Chile votó RECHAZO al cambio constitucional propuesto por una Convención delirante que proponía eliminar el Senado, tomarse el Poder Judicial y debilitar el Estado bajo el concepto de la “plurinacionalidad”. Súmese a ello, la propuesta de acabar con Carabineros de Chile y el recuerdo vivo de la destrucción del país a manos de esta misma gente, cómplices directos de quienes ejecutaron la vandalización del país. No hay que olvidar que Gabriel Boric decía que quería orinar en un casco militar.
El RECHAZO fue contundente: 61,89% contra 38,11% del APRUEBO. El 4 de septiembre de 2022 recordó al 4 de septiembre de 1970 y reaccionó con energía. La ultraizquierda, hoy oposición, no asume su derrota y hace alardes ridículos de “un espíritu democrático” que jamás tuvo.
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