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El viejo Osiris: memoria, testimonio y música en La Lata Vieja
La presentación del libro de Horacio Soares de Lima convirtió a Cardona en un espacio de reflexión sobre la vigencia cultural de Osiris Rodríguez Castillos.
La presentación del libro de Horacio Soares de Lima convirtió a Cardona en un espacio de reflexión sobre la vigencia cultural de Osiris Rodríguez Castillos.

(Escribe: Sergio Pérez) El pasado viernes 14 de agosto, la Sociedad Criolla “La Lata Vieja” de Cardona recibió la presentación del libro “El Viejo Osiris”, de Horacio Soares de Lima, en una jornada donde la literatura, la música y la memoria compartieron un mismo pulso cultural. La actividad se realizó en adhesión a los 40 años del Museo “Esc. Jesús Aguiar Melián” y a los 50 años de su declaración como Museo Histórico Nacional, dos aniversarios que dieron al encuentro una dimensión patrimonial especialmente significativa.

La noche reunió al autor, acompañado por el profesor Jorge Miguel y a un público dispuesto a escuchar, conversar y volver sobre la figura de Osiris Rodríguez Castillos desde una perspectiva sensible y documentada. Acompañamos la instancia desde la interpretación musical de algunas de sus obras, con la conciencia de estar frente a un repertorio que exige respeto, estudio y una comprensión profunda de su arquitectura poética.

Horacio Soares de Lima es licenciado en Letras, egresado de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República en 1997. También ha cursado estudios formales en gestión del desarrollo regional, territorio y áreas protegidas. Su trayectoria incluye la docencia titular en el Centro Regional de Profesores del Litoral, donde dictó cursos de Teoría Literaria y Lingüística, y el desempeño como coordinador de Políticas Educativas Ambientales en la Administración Nacional de Educación Pública.

Esa formación dialoga con el tono de su libro, aunque la obra nace de un lugar íntimo: el vínculo personal con Osiris, la memoria familiar y la experiencia directa de haberlo tratado en los últimos años de su vida. Soares de Lima compartió que el libro recoge hechos ocurridos hace más de tres décadas y testimonios vinculados al período comprendido entre fines de 1992 y 1996, año del fallecimiento de Osiris.

El autor definió su trabajo con una frase que ordenó buena parte de la presentación: “Esto es una lectura testimonial”. Desde allí construye una aproximación que combina afecto, memoria, conocimiento literario y mirada cultural. El resultado permite acercarse a Osiris desde una zona humana, donde el creador aparece en su intensidad cotidiana, en su humor, en sus exigencias y en su forma particular de habitar la palabra.

En el relato de Soares de Lima, Osiris aparece como una presencia temprana dentro de su historia familiar. Recordó la imagen de una casa donde la foto del artista ocupaba un lugar de respeto, junto a objetos que formaban parte de una memoria doméstica cuidadosamente preservada. Esa escena ayuda a comprender el tono del libro: una escritura nacida de una convivencia simbólica antes que de una investigación distante.

La presentación permitió mirar a Osiris como un creador de múltiples dimensiones. Poeta, músico, tallador, hombre de campo y pensador de una estética propia, su obra desborda cualquier etiqueta simple. Su conocimiento del mundo criollo formaba parte de una sensibilidad más amplia, capaz de convertir tradición, paisaje e historia en materia artística.

Uno de los ejes más fuertes de la exposición fue la necesidad de valorar a Osiris por la hondura de su talento poético. La referencia al campo, al caballo, al fogón o a la patria vieja adquiere en su obra una elaboración formal precisa. Allí se encuentra buena parte de su grandeza: en haber transformado un universo cultural concreto en lenguaje artístico de alta intensidad.

El profesor Jorge Miguel aportó una lectura especialmente valiosa sobre esa dimensión. Situó la poética de Osiris dentro de tradiciones como los romances, las leyendas y la canción de texto, y destacó el lugar del conocimiento, el decoro y la sinceridad como principios visibles en su obra. Su intervención ayudó a comprender que la creación de Osiris pertenece a una línea mayor de la cultura occidental y rioplatense.

También apareció durante la noche la idea de que la obra de Osiris atraviesa generaciones de manera silenciosa y persistente. Muchas personas llegan a él por una canción, por una anécdota familiar, por una versión escuchada en la infancia o por la memoria de algún intérprete. Luego descubren un universo mucho más amplio, cargado de matices literarios, musicales y filosóficos.

La música permitió que esa reflexión tomara cuerpo. Interpretar obras como "Salto Grande", “Cielo de los Tupamaros”, “La galponera” y “Cisne Negro” en ese contexto fue una forma de participar en la conversación desde otro lenguaje. Cada canción abrió una puerta hacia la precisión rítmica, la densidad poética y la exigencia interpretativa que caracterizan a Osiris.

“La galponera” habilitó una evocación sobre el origen familiar de esa milonga y sobre la manera en que Osiris trabajaba los materiales recibidos. En la conversación apareció la figura de su padre, y la transformación de una música de raíz doméstica en una pieza elaborada con rigor. Esa escena resume una clave de su obra: tomar lo heredado y elevarlo mediante oficio, sensibilidad y pensamiento musical.

“Cisne Negro”, por su parte, permitió detenerse en la relación entre sonido, técnica y paisaje interior. La obra sugiere el trote del caballo, pero también una forma de respiración poética. En Osiris, la guitarra parece buscar una sonoridad propia, una manera de decir que une cuerpo, instrumento y memoria.

Desde mi lugar de intérprete, esa exigencia se vuelve muy concreta. Interpretar a Osiris implica atender la palabra, comprender el campo semántico de cada imagen y asumir que la música sostiene una arquitectura delicada. Cada versión exige una responsabilidad artística que va mucho más allá de repetir una melodía conocida.

La presentación también abrió una reflexión sobre la circulación de su obra. Durante años, acceder a partituras, registros y materiales originales ha requerido búsquedas personales, préstamos, copias conservadas y gestos generosos de músicos y estudiosos. Esa transmisión artesanal habla del amor y la pasión que despierta Osiris, pero también del trabajo pendiente para ordenar, estudiar y difundir su legado con mayor amplitud.

En ese sentido, “El Viejo Osiris” aporta una pieza significativa. El libro suma memoria viva a una figura que sigue creciendo en el imaginario cultural uruguayo. Su valor radica en contar desde la cercanía y, al mismo tiempo, aportar elementos para que nuevas lecturas puedan acercarse al artista con mayor profundidad.

La elección de “La Lata Vieja” como sede del encuentro tuvo una fuerza simbólica particular. En una sociedad criolla, en una ciudad vinculada a tradiciones culturales propias y en el marco de aniversarios relevantes para el museo local, la obra de Osiris encontró un espacio de resonancia natural. Cardona se convirtió, por una noche, en territorio de escucha y reconocimiento.

Los aniversarios del Museo “Esc. Jesús Aguiar Melián” reforzaron ese sentido. Celebrar 40 años de vida institucional y 50 años de declaración como Museo Histórico Nacional invita a pensar el patrimonio como una práctica activa. La memoria cultural se sostiene cuando las comunidades la ponen en circulación, la interrogan y la comparten.

La presentación de “El Viejo Osiris” dejó una certeza serena: algunas obras continúan abriendo caminos porque todavía tienen mucho para decir. Osiris Rodríguez Castillos fue evocado en Cardona a través de la palabra, la guitarra y la memoria compartida. En esa reunión de voces, su figura apareció con la fuerza de los creadores que permanecen vivos en la sensibilidad de quienes siguen leyéndolos, cantándolos y pensándolos.



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