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05 de January del 2026 a las 14:12 -
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Jazz a la Calle: ejemplo de autenticidad y valor creativo
Mercedes vuelve a ofrecer una lección simple y profunda: cuando hay proyecto, coherencia y trabajo sostenido, la música convoca por sí sola.
Mercedes vuelve a ofrecer una lección simple y profunda: cuando hay proyecto, coherencia y trabajo sostenido, la música convoca por sí sola.

(Escribe: Sergio Pérez)  El próximo fin de semana comienza una nueva edición de Jazz a la Calle en Mercedes. Y hay algo que conviene decir desde el inicio, sin rodeos ni grandilocuencias: este festival sigue creciendo porque sabe muy bien qué es y para qué existe.

En Jazz a la Calle no aparecen los nombres que se repiten en otros escenarios del verano. No es una decisión excluyente ni una declaración de principios altisonante. Es, simplemente, coherencia. Es un festival de jazz, y actúan músicos de jazz.

Ese gesto, tan sencillo, produce un efecto notable. El público llega sabiendo qué va a escuchar. Los músicos suben al escenario sabiendo que hay escucha. Y la ciudad acompaña entendiendo que lo que sucede en esos días forma parte de algo que viene construyéndose desde hace tiempo.

Jazz a la Calle convoca público local, nacional y extranjero. Lo hace sin promesas exageradas ni fuegos artificiales. Lo hace porque el festival no empieza ni termina en enero. Es la expresión visible de un trabajo que se sostiene durante todo el año.

Hay gestión cultural detrás. Hay formación, intercambio, encuentros, circulación de músicos y una idea clara de lo que se quiere promover: música creativa, diálogo artístico y respeto por los procesos.

La creatividad no aparece como consigna decorativa. Está en la improvisación, en el riesgo asumido, en los cruces musicales, en la convivencia de generaciones y procedencias. La música sucede de verdad, sin apuro y sin fórmulas.

El público también es parte de esa construcción. Escucha con atención, acompaña con respeto y entiende que el silencio también forma parte del concierto. No hay que pedirlo: se aprende con el tiempo, como se aprende a escuchar.

La entrada es libre y gratuita. Ese dato, lejos de diluir el valor del festival, lo refuerza. El acceso amplio no está reñido con la calidad cuando hay una propuesta clara y sostenida.

Todo ocurre en la calle, en contacto directo con la ciudad y con quienes pasan. No hay barreras simbólicas ni gestos de solemnidad. Hay música compartida, encuentro y continuidad.

Y entonces surge una pregunta inevitable, formulada sin ironía ni reproche: si Jazz a la Calle puede hacerlo, ¿por qué no otros festivales?
¿Qué pasaría si se confiara más en los proyectos y menos en los atajos?
¿Qué pasaría si se apostara al trabajo constante en lugar de concentrar todo en unos pocos días?

Jazz a la Calle demuestra que el público responde cuando se lo respeta. Que la música convoca cuando se la toma en serio. Y que la identidad cultural no se declama: se construye, paso a paso.

Hay algo especialmente valioso en este ejemplo. Aun trabajando con un género musical nacido lejos de estas tierras, el festival logra una autenticidad profunda. Porque la autenticidad no depende del origen del género, sino de la honestidad del vínculo con la música y con la comunidad.

En tiempos de escenarios saturados y agendas apretadas, Mercedes propone otra velocidad. Una donde la música es el centro, la gestión acompaña y el público participa con naturalidad.

Tal vez ahí esté la clave: confiar en la música, confiar en el trabajo y confiar en la gente.
Jazz a la Calle lo hace, año tras año, a la vista de todos.



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