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13 de April del 2020 a las 10:20 -
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Vínculo pedagógico vs vínculo virtual
La responsabilidad del docente.
La responsabilidad del docente.

(Escribe Prof. Elisa Vidal)  La realidad nos explotó en la cara. Una realidad que a veces se nos presenta en forma abrumante y caótica, y nosotros, docentes, intentamos ordenarla en ese re-planificar que es parte indiscutible de nuestra tarea. Los docentes, siempre estamos planificando y re-planificando. Una tarea que nos identifica, no es que tengamos un don excepcional, sino que constantemente establecemos vínculos pedagógicos con los  estudiantes, con particularidades y realidades tan complejas, que cuando volvemos los ojos al papel, denotamos que algo no va bien. Los tiempos, las entregas, los trabajos, los objetivos van cambiando. Y nosotros….. nómades, pero con nuestra asignatura como equipaje, nos vamos acomodando, en forma por momentos, camaleónica, para hacer uso de una práctica educativa que nos trasciende.

¿Qué pasa cuando el aula no es más el epicentro del aprendizaje y del encuentro que éste genera?

Para poder reflexionar sobre ello, al mundo se le ocurrió tirarnos una bomba, la pandemia del coronavirus, y se expuso ante nosotros una cantidad de factores que se encontraban latentes, un secreto a voces, pero que hasta que no explotó, no lo pudimos visualizar.

Nuevamente, el docente quedó como foco de atención y responsabilidad, a cargo del saber de otros, esos otros, los estudiantes.

Una responsabilidad con doble connotación: política y ética. Nos comprometimos a mantener el vínculo pedagógico con los estudiantes que están aislados, encerrados con una virtualidad que los desborda, y que no comprenden como analizarla. Un vínculo que tiene sus bases en la presencia del otro, lo reconocemos en su mirada, en sus expresiones, en su accionar. Ese reconocimiento que dada la circunstancia actual se nos hace imposible.

Entonces, ¿cómo seguimos con ese vínculo?

La solución es tan irrisoria como su instrumentación: el vínculo virtual. ¿Cómo? Si nos remitimos a la jerga futbolística: “como sea”, lanzando todos los centro al área, en los últimos segundos, y existe la posibilidad que uno “cabecee” y convierta el gol. Entre tantos intentos, tanta insistencia algún resultado vamos a obtener. De 10 centros un gol, de 25 email o tareas, una respuesta al menos tendremos. Y llega el grito de emoción, una “alegría” que nos desborda, olvidándonos de lo realmente importante, que no es un partido de futbol, que un solo gol no es lo que nos tiene que “alegrar” sino que nos puedan responder todos los estudiantes.

Y ¿qué pasa con el discurso de la inclusión tan denotado en los programas y planes de estudio?

Otra explosión ante nosotros, esa inclusión tan aclamada en el discurso, la pandemia pone sobre la mesa otra realidad.

Los estudiantes, los de los liceos públicos y sobretodo de la periferia, están más excluidos en esta “realidad virtual” que en cualquier otra. ¿Por qué? La pandemia, como buen arma de destrucción masiva nos está mostrando los restos de los cadáveres, las consecuencias de una guerra silenciosa, las víctimas pero sobre todo a nuestros verdaderos enemigos.

Acá nos tenemos que detener, y asumir nuestra responsabilidad ética y política. Sí, tenemos que mantener nuestro vínculo pedagógico, pero también tenemos que tener nuestra práctica educativa, y ella no puede ser privativa en el monitor del hogar. No podemos, ni debemos trasladar el aula al living. ¿Por qué? Porque si estamos comprometidos, con nuestra tarea, tenemos que ser conscientes que es un salón sin estudiantes, o peor, con pocos de los que pueden asistir.

Las cifras no mienten: más de 340.000 niños están inscriptos en Primaria, unos 220.000 adolescentes en Secundaria y casi 87.000 jóvenes en las escuelas técnicas del CETP pero según palabras de las propias autoridades del CODICEN estaban conectados a las plataformas unos 203.000 estudiantes; estamos hablando de menos de un tercio de los estudiantes en el país. Podemos afirmar que  tenemos una asistencia desfragmentada, donde no nos reconocemos mutuamente, y siendo conscientes que el estudiante que no está presente en el sillón de casa (que no nos manda un email) puede que esté en ese momento esperando en la fila de una olla popular, cuidando a sus hermanos que no están asistiendo a la escuela, aguantando situaciones violentas y descontroladas que los excede pero sobre todo que los aísla más. Ahí están las víctimas del ataque masivo, son esos estudiantes, los que llenan nuestros salones de clase buscando compañía en el vínculo con los otros, donde son escuchados, considerados, reconocidos. Ese estudiante que sólo logramos que realice un trabajo en el aula, ese estudiante que está excluido.

Por eso la responsabilidad política que nos adjudican la intentamos cumplir. Ciertamente, buscamos formas virtuales de conectarnos con aquellos que pueden acceder a un dispositivo para realizar su tarea, pero en el campo de la ética pasa otra cosa. Si me considero comprometida éticamente, no puedo dejar de lado que, más de la mitad de nuestros estudiantes están condenados a la exclusión virtual, pero sobre todo, a no ser reconocidos.

La virtualidad nos aleja de nuestros estudiantes que el discurso imperante de las autoridades, más incluye en el aula. Estos estudiantes están en este momento en las calles, sin contención, sin apoyo y sin oportunidad para realizar ninguna tarea virtual, ningún trabajo, ningún debate.

Si somos conscientes de esta situación no podemos estar preocupados por la conectividad a las plataformas, no podemos estar tentados al registro de clases al portafolio, ésa no puede ser nuestra responsabilidad. Nuestra responsabilidad no está en el aula virtual sino haciendo nuestro gran aporte en la calle. En el día a día, en aquel lugar donde podamos colaborar, aportar, llenar esas ollas, llenar las calles de nuestras prácticas. Ése es nuestro deber, que el excluido virtual sea un incluido en la realidad, y que el salón virtual se vuelva el salón presencial. Nuestra responsabilidad es dignificar nuestra tarea docente denunciar que en el aula virtual no asisten todos los estudiantes, y no porque ellos no quieran y decidan no asistir, sino porque la realidad virtual los excluye. Esa es nuestra tarea, nuestra responsabilidad.

Hasta que el último estudiante no se vuelva a sentar en el salón de clase, hasta que no vuelva a ser reconocido por la sociedad, por la clase trabajadora, hasta que las condiciones económicas no estén dadas, nuestra responsabilidad ética no terminará.



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