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03 de September del 2017 a las 18:16 -
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El calvario de un preso político de 17 años, una denuncia pública que la Justicia y el Ministerio Público no pueden obviar
Miguel Millán contó su testimonio, una vez más, esta vez ante estudiantes liceales, de las torturas recibidas en el excuartel Gral. Luna, denunciando a quienes participaron de las torturas, es hora que alguien actúe
Miguel Millán contó su testimonio, una vez más, esta vez ante estudiantes liceales, de las torturas recibidas en el excuartel Gral. Luna, denunciando a quienes participaron de las torturas, es hora que alguien actúe

Recientemente @gesor informó sobre la visita de estudiantes de Colegio Liceo Santa Clara Jackson de Heber, de Montevideo, quienes realizaron el denominado "Recorrido de la Memoria" en Mercedes, por cada uno de los sitios donde se colocaron baldosas de la Memoria recordando a los detenidos desaparecidos de Soriano, el Espacio Memoria y por último el lugar donde funcionó el excuartel "Gral. Luna", sede del Batallón "Asencio" de Infantería N° 5, centro donde se denunciaron torturas y otras violaciones a los derechos humanos durante la dictadura cívico militar.
Allí hizo uso de la palabra el ex preso político Prof. Miguel Millán (también lo hizo Jacqueline Gurruchaga que tiene denuncia realizada sobre violaciones a los DDHH en el "Gral Luna"), quien expuso sobre experiencia personal y entregó copia a cada uno de los estudiantes parte de su testimonio de lo sufrido allí, donde hoy funciona Mercedes Terminal Shopping y junto a la puerta de acceso hay una placa de Memoria que recuerda lo que allí ocurrió.

EL TESTIMONIO DE MIGUEL MILLAN
"Se cumplieron 42 años de aquel sábado 26 de abril de 1975, entonces tenía 17 años. Ya no era feliz e indocumentado, esperaba aquella sorpresa, teóricamente conocía cuáles eran las prácticas comunes y corrientes y sostenía, también en la teoría, cual debía ser mi actitud ante los hechos desencadenados. Pero desconocía el segundo a segundo, ignoraba que iría a tiritar de miedo, temblarían las rodillas golpeándose una contra otra de manera involuntaria.
Eran las once de la mañana de un día soleado, otoño sin frío, por eso andaba en la calle de mangas cortas, trillando en bicicleta. Había sido prevenido que algo me podía pasar pero de esto ya hacía más de una semana y, aunque estuve atento en limpiar la casa y guardar documentos comprometedores en lugares inverosímiles, venía distraído, “cabeza de novio” le llaman en alguna zona de la región hispanohablante. Entré contra flecha por la calle Paysandú hacia Gomensoro, mi casa a mitad de cuadra, desde la otra esquina de Giménez se vinieron el Mosquito Modernell y el Mariolo Rivero. Tenía que acompañarlos me dijo el Mariolo. Toqué timbre en mi casa para dar aviso. Mi abuela, anciana y lenta, estaba sola. Rápidamente me torcieron el brazo a la espalda y salieron conmigo de la vista de la cuadra, desierta a esa hora no sé bien por qué.
Caminando entre los dos civiles armados –sus armas abultaban el cinturón y las camisas rústicas- llegamos hasta el cuartel frente a la plaza Artigas. Apenas entramos fui encapuchado. Me dejaron parado en un punto al aire libre. Vino una voz –la misma que volvería a oír en los minutos y horas siguientes- que planteó claro y sonoro, la siguiente encrucijada: ¿vas a hablar por las buenas o por las malas? Como no respondí nada, volvió a la carga, te quedás ahí para pensarlo y en un rato te venimos a buscar.
No fue un rato, al menos así me pareció, me agarraron de un brazo y me llevaron para adentro de una habitación. Silencio de voces pero escuchaba el rozar de calzados sobre las baldosas. Encendieron una radio, comenzó a sonar una música muy fuerte. Me pusieron esposas a la espalda, colocaron cables a las esposas y comencé a oír el sonido de una manivela y enseguida la descarga eléctrica en las muñecas. Volcaron un balde de agua sobre mi cuerpo y volvieron las descargas, esta vez trasmitida a todo el cuerpo. Saltaba, aullaba y los tipos en absoluto silencio. Eran cuatro, el Mosquito y el Mariolo parados a cada lado, delante quien daba las órdenes, el capitán Herrera, y el soldado Edgardo Denis Vega, mi compañero de escuela y liceo, dando manivela al magneto. El capitán, casado con Teresita Itusarri, luego llegaría a Coronel, hoy retirado cobrando esa jubilación de la que tanto se habla por estos días.
Cada una de estas sesiones, “máquinazos” en la jerga cuartelera, duraría una media hora, cálculo de buen cubero que puede estar equivocado pues se pierde la noción exacta del tiempo en esas circunstancias tan apremiantes. Entre una sesión –máquina- y otra, plantón en penitencia contra la pared del fondo de la cancha de pelota mano. Siempre encapuchado, con un soldado armado vigilando a pocos pasos. Fueron tres sesiones, cada una agregaba una novedad de tormento: el submarino combinado con las descargas eléctricas, por ejemplo. Sin palabras, solamente la radio a volumen estridente. Y al caer la tarde comenzó el plantón eterno bajo una llovizna que se desató sobre la ciudad y sobre mí.
En la madrugada pedí para hablar con el oficial. Se demoró un rato, se ve que estaba durmiendo el hombre. Vino muy enérgico, enojado. “¿Qué querés? ¿Vos te creés que a mí me gusta lo que te estamos haciendo? Si vos hablás y respondés todo lo que nosotros queremos saber de vos, te llevo bajo techo con colchón a dormir tranquilo. Si querés te dejo un papel y vos escribís sin apuros”. Mis palabras fueron: que yo no sabía por qué estaba allí y que no sabía nada de lo que ellos querían saber. La respuesta del valiente oficial fue un piñazo en la capucha, debajo de la cual estaba mi cabeza… y se fue como había venido.
Caí al suelo varias veces, siempre era levantado por uno de los guardias. Escuchaba sus voces detrás de mí, pues permanecieron despiertos haciéndome la guardia. Hasta una última caída luego de la cual no sentí nada más. Desperté en medio de un charco de agua.
El domingo la guardia hizo su asado como en un domingo cualquiera. Llevaba sin comer más de un día, ni un bocado de nada, ni agua. El olor de la grasa que se iba derritiendo en las brasas me provocaba nostalgia en el estómago. En un momento el sargento de la guardia se acercó para hablarme. Lo conocía de las canchas de fútbol mercedario, era la voz del Chancho Maciel: “Ché Millán, deciles que tenías armas enterradas en tu casa para que no te sigan matando”.
El plantón seguía, estuve cayéndome muchas veces más y volvían a levantarme… hasta que al llegar la noche caí y ya no me levanté. Mandaron a buscar a mi Capitán Herrera que llegó muy enojado con una fusta. Se paró arriba de mis piernas y comenzó a caminar por encima de mi cuerpo mientras pegaba con la fusta. Cuando vio que reaccionaba pronunció estas aladas palabras: “¿Sabés lo que dijo el Ché Guevera? Que un minuto de sufrimiento para un revolucionario es un minuto de gloria. ¿Y sabés lo que digo yo?, que un minuto de tu sufrimiento es una pelotudez”. Se notó que a medida que las iba pronunciando iba creciendo su enojo porque cuando terminó su pequeño discurso descargó un fustazo más fuerte sobre mis genitales.
Desperté tirado en aquel suelo mientras oía el revuelo alrededor, me auscultaban los latidos del corazón. En parihuela fui llevado hasta un lugar, dentro del mismo cuartel, donde me sacaron la capucha y allí estaba el doctor Julio “Cholo” Duter. “¿Qué te pasó Miguelito?” Ante la falta de respuesta, volvió a preguntar: “¿Cuánto llevas sin comer?, ¿qué te duele?”.
Esa noche comí y dejaron que durmiera tirado arriba de unos ponchos militares. A la mañana otra vez el plantón. De pronto en el silencio escuché clarito una voz que gritó hacia donde yo estaba, dirigiéndose a la guardia personal: “El detenido a la compañía número 2 del capitán Herrera”. Fui conducido otra vez a la misma pieza de la máquina. La voz de mi capitán volvió a la carga con la pregunta que martillaba en mi conciencia: “¿Vas a hablar?” Pero ahí ya había tenido tiempo de madurar una respuesta entera y sonora: No tengo nada que decir. Esas palabras me acompañaron como un latiguillo todas las veces que fui conducido a declarar, en la máquina –más bien en la pre y post máquina- y las tres veces ante el juzgado militar de segundo turno del capitán de corbeta Guillermo Azarola.
(Y no la sigo porque se hace tarde, cualquier cosa, ahí está Faltan 4, la fuga del Cilindro. Editorial Fin de Siglo).
*Fragmento de testimonio de Miguel Millán Sequeira, nacido en Mercedes en el año 1957, profesor de literatura desde 1987 en Enseñanza Secundaria pública y privada. Mercedes, 2017. El mismo testimonio está en poder de la Comisión de DDHH de la ONU desde 1977 y de la Comisión de DDHH de la Junta de Departamental de Soriano en agosto de 1985 (integrada por F. Barboza, S. Guastavino, C. Rush, N. Pereira Franco)".

NR: Ante la gravedad de los hechos denunciados, teniendo en cuenta que si bien hay actores fallecidos, hay otros que aun viven, si quienes deben presentar ante la Justicia ordinaria una denuncia no lo hacen o ésta o el Ministerio Público no actúan de oficio ante esta publicación, @gesor hará llegar esta nota a la sede judicial y a la Fiscalía Departamental a los efectos que den curso que corresponda ante los graves hechos que se denuncian. No podemos dejar como imagen ante los adolescentes y jóvenes como los que recibieron este testimonio, que esto pasó en nuestro país, en este departamento y en Mercedes y nada pasó, como varios de los jóvenes preguntaron en el momento que tomaban conocimiento de los hechos. 



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Enviado por: Nahir Nibia Silveira Rondan

Hago mio el relato, valiente Profesor Millán de continuar diciendo la verdad de los sucesos durante el periodo civico-militar, podamos juntos recorrer el camino de más verdad, memoria y justicia y nunca más terrorismo de Estado.


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